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El súmmum del marketing

Cristina abrió la puerta, se sentó y antes de ponerse el cinturón de seguridad, su alegría se mostró en su cara como en el instante que la luz de un faro conecta con la posición de un barco–¡¡¡Qué ilusión!!!, voy a comer garbanzos–

–Jajajajajajaja–acompañé su sentimiento mientras me surgía la duda

–Cari, ¿tu estás segura de lo que son garbanzos?–le pregunté

–Jesús, no vayas a empezar–me recriminó

–No voy a empezar, pero cariño, creo que no sabes lo que son garbanzos–

–¡¡¡¡Sí lo sé!!!!–me contestó molesta

–Ok–y ya no se habló más en todo el recorrido

Cristina le pidió a mi madre que le hiciera garbanzos, nunca comió garbanzos en casa de mi madre o de algún familiar, nunca compramos garbanzos cuando íbamos a Carrefour, nunca la vi comiendo o interesada en los garbanzos; por todo eso me sorprendió su petición.

Mis dudas crecieron sobre sus garbanzos cuando dos días antes de la comida familiar, sentados en el sofá le pregunté–¿Para ti que son los garbanzos?–

Y me respondió –Que van a ser Jesús, ¡¡¡caraotas!!!–

–Caraotas no son garbanzos, caraotas aquí se llaman judias–

–Garbanzos son caraotas blancas–

–No, caraotas son judías, los garbanzos son otra cosa–

Y así seguimos un rato perdiendo el tiempo en una conversación que no llevaba a nada, y como no aprendí, en el coche la repetí.

Sentados a la mesa mi madre fue poniendo cada plato a los que estábamos; mientras yo esperaba la cara de sorpresa de “esto no son caraotas” para poner la mía de “llevaba razón y me voy a reír lo que no está escrito”. A mi sobrina los garbanzos y patatas que tenía apartado junto a un poco de pringá porque le gusta machacar los garbanzos y echarle un poco de aceite, a mi cuñada sólo el caldo, a mi sobrino con arroz y sin pringá, a mi hermano con fideos gordos y le acercó un trozo de cebolla cruda que había cortado un rato antes, a Cristina con arroz y al preguntarle si quería pringá respondió que sí, para mi con fideos gordos y sin pringá porque prefiero comérmela después como la mayoría de mi familia, y al final, mi madre que se puso el resto de garbanzos y patatas apartadas que machacó echándole un poco de aceite.

Viendo todo ese ritual, me relampagueó una idea, el puchero es el súmmum del marketing . Un mismo producto con distintas posibilidades, personalizadas para cada consumidor y todos quedan satisfechos, lo que darían muchas empresas para conseguir el súmmum.